jueves, 23 de marzo de 2017

La chica que nadaba los jueves



Podría llamarse también la chica de las rutinas. Porque la vida que fue imaginando y deseando y que poco a poco fue creando, la encaminó inexcusablemente hacia ellas. Adoraba las rutinas, imaginarlas y perfeccionarlas. Realizarlas. Le daban el equilibrio que necesitaba en el entramado de horas del día y asuntos que sacar adelante. Después odiaba las rutinas, porque la obligaban, la atrapaban y la ligaban a todo lo que deseaba inexcusablemente. Dudaba, “¿es lo que realmente quiero?”. En esas ocasiones cogía aire, se hacía rebelde y se abandonaba a la desidia. Pero inexcusablemente, volvía a sus rutinas, como quien vuelve a las drogas, al novio que promete una y otra vez algo que no va a dar… o como aquel que se refugia en su autoengaño favorito.


La chica que nadaba los jueves


Todos los jueves, invariablemente y de forma rutinaria, la bolsa del gimnasio llevaba en su interior un bañador. Negro. Un gorro de piscina. Azul. Unas gafas nuevas y panorámicas de natación. Rojas. Y negras. Probablemente era su rutina favorita. Desde aquella primera vez, con 16 años. La primera clase, 45 minutos. 15 de calentamiento, 30 de series. Hubo de seguir el ritmo del resto de la clase, para no entorpecer a los demás y no sentirse torpe. Cuando cogió el autobús de vuelta a casa, no pudo sentarse en el primer asiento libre. Tuvo que desplomarse sobre él. Mochila a las espaldas incluida. Viaje completo pensando en un enorme bocadillo de jamón y una coca cola. Cumplió su deseo al llegar a casa. Nunca algo tan básico le supo tan rico.

La etapa escolar no contaba. Ni siquiera comprendió nunca, ni asimiló, que los martes y los jueves se iba a la piscina; no para aprender a nadar, ni siquiera por hacer deporte. Sino para hacer hambre. Mamá se desesperaba con sus piernas de palillo y el filete frío después de una hora en el plato.

Realmente fue a los 16 cuando comenzó el proceso de sentirse nadadora. De ser y sacar lo mejor de sí misma. De hacer algo que realmente se le daba bien. Para si misma. Sin espectadores. Sin aplausos. Sin repercusiones.

Porque esa era otra de sus rutinas favoritas. La había creado sin darse cuenta, hasta que un día lo vio claro. Quería ser invisible, hacer sus actos invisibles, sus rutinas invisibles, su vida invisible. Y lo había conseguido. La chica invisible de las rutinas. El hecho, inexcusablemente, ocurría cuando había más de dos personas a su alrededor. Se hacía invisible. Si se cruzaba en el alboroto de la calle con personas conocidas, no la veían. En las fiestas pasaba lo mismo. Si bien ella adoraba su invisibilidad, a veces sacaba su lado oscuro, sus miedos y sus inseguridades y se preguntaba por qué la gente la obviaba de esa manera tan evidente. Incluso maleducada.

Pero los jueves, en la piscina, conseguía que su cuerpo, al contacto con el agua clorada, se hiciese visible. 40 minutos de piscina. Buscar, a ser posible, una calle libre. 40 minutos de visibilidad. Para ella misma. Allí sacaba lo mejor de si misma, las  mejores ganas, el mayor esfuerzo, la mejor recompensa al salir por la escalerilla. Largos de 25 metros, virajes inmediatos y otros 25 metros por delante.

El aire también se hacía visible. Sus burbujas. Y su sonido. El aire tenía sonido propio y marcaba el ritmo. Sonaba en cuatro tiempos cuando nadaba a crol. En un tiempo corto a braza. Sonaba a boca abierta de espaldas. Sin resuello.

Competir, por el rabillo del ojo y sin manifestar el duelo, con el tipo de barba hipster y ropa de vagabundo de la calle de al lado. Sabía lo de su ropa porque le había visto en la entrada. Él, sin embargo, no la había visto. Había más personas en la puerta, y claro, ella en esas circunstancias era invisible. No la vio hasta que se supo ganado, aún sin haber duelo manifiesto, vuelta tras vuelta, por la chica que nadaba en la calle de al lado.

La chica que nadaba los jueves no podía parar entre largo y largo. Como mucho para quitar el vaho de las gafas. Pero, antes del viraje, conseguía ver la sonrisa de admiración que le dedicaba el chico de la barba hipster. Y eso le servía para patear los pies con más fuerza, para sumergir el brazo con más limpieza y empujar el agua con la mano bien firme. Conseguir ser visible no sólo era bueno para ella. Decía mucho de la persona que conseguía verla. Las personas que conseguían verla se ganaban directamente su simpatía. Mucho más si conseguían verla fuera del agua. Sentía que algún hilo, algún pensamiento, algún deseo oculto, algún hecho o algún sueño o propósito les unía.

Si lo que estáis esperando es el comienzo de una historia de amor entre una chica que nadaba y un chico con barba y ropas harapientas… estáis equivocados.

La chica nadó. Victoria de nuevo en los últimos 25 metros. Salió del agua. Se hizo invisible. El chico nadó. Última derrota en 25 metros. Salió del agua. Buscó por las calles. Miró y remiró. La chica de la calle de al lado no estaba. Confundido fue hacia el vestuario de chicos, pensando si era posible desaparecer tan rápido como nadar. Ella, mucho más cerca de lo que él nunca podrá imaginar, sonrió y se encaminó al vestuario de chicas.

Porque lo realmente importante para la chica que nadaba los jueves eran aquellas personas que sabían verla desde el principio, sin trucos de magia, sin agua clorada, sin cuerpos ni palabras. Porque ver, lo que se dice VER, es mucho más que mirar. Y probablemente ni siquiera tenga mucho que ver con observar…

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