viernes, 5 de febrero de 2016

Tengo pájaros en la cabeza… but I don’t care



En este año que nos lleva, voy a cumplir 38 años. A esta edad, a veces sigo pensando a qué me quiero dedicar laboralmente. A temporadas con mucho ahínco. Con tanto que alguna noche me he llegado a ver desvelada, viajando muy lejos pero quedándome muy cerca. Supongo que una vez alcanzada una especie de seguridad laboral, rutina y muchos años de 22 días de vacaciones al año, hasta puede resultar sano pensar que hay otros mundos posibles. Me veo capaz de vivir haciendo muchas cosas, la mayoría de ellas, cosas para las que sé que tengo poco talento.  Sí, así soy yo, cada vez tengo más pájaros en la cabeza. Quizá estoy viviendo una involución, porque recuerdo mi paso de la adolescencia a la vida adulta como algo rápido y responsable. ¿Cómo es posible que a estas alturas esté entrando en la nebulosa del “qué quiero ser de mayor”?


Y no es que no me guste mi vida. Me encanta mi vida. No tengo ningún motivo para quejarme de mi vida. Me parece un camino de rosas, con algunas inevitables espinas. Me gusta (adoro a) mi familia, me gusta mi casa, me gusta mi ocio, mis cosas, mis planes... Pero opino que una siempre ansía ir a mejor y no estancarse. Pero no entendáis ir a mejor desde el punto de vista ambicioso o económico, sino como ir a mejor aprendiendo cosas nuevas, visitando lugares nuevos, haciendo planes distintos, comiendo cosas distintas, escuchando a gente distinta… 


Si lo piensas, y como dijo Quino, la vida debería ser al revés. Y cuando ya una sabe algunas cosas de este mundo en el que estamos (y me sumerjo en lo profundo, no sabemos  muy bien por qué y cómo), entonces habría que decidir a qué dedicar 8 horas diarias (en el mejor de los casos) 40 años de tu vida (también en el mejor de los casos). Me quedo sólo elucubrando sobre el mundo laboral, porque si abrimos las infinitas vías derivadas, estaríamos horas discutiendo: cuántos viajes hacer (siempre son pocos), qué libros leer (con tantos siglos por delante, la cantidad de opciones es abrumadora), cuándo formar una familia, a cuántos amigos perdonar, cuántos perdones pedir o cuánta importancia dar a las cosas en cada momento de la vida.


Pero volviendo al tema de mis pájaros, os cuento que mi último sueño es mi último sueño… bueno, mejor no os cuento mi último sueño. Sólo os cuento que, aún con los pájaros en la cabeza, todos los días pongo con ganas los pies en el suelo. Trabajo, me esfuerzo. Sé que sin constancia y sin aprendizaje, ningún sueño se hace realidad. Que las cosas no cambian de un día para otro. Que la mejora se hace esperar y su camino es, posiblemente, más interesante que su destino. 



Así que entre vuelo en altura, vuelo a ras de suelo y algún que otro planeo, voy dándome más alas. Porque los pájaros de mi cabeza me encantan.

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