sábado, 19 de diciembre de 2015

Cerrando

Bien podría ser que ando cerrando este blog, ya que el ritmo de publicaciones decae por momentos, las secciones que planeé hace tiempo han ido desapareciendo y yo apenas saco tiempo ni inspiración para venir por aquí. Pero no, no cierro (aquí oigo el suspiro de alivio de todos vosotros, miles de followers ;)

Hoy vengo a hablaros de otro tipo de cierres, de cierres de etapas, de ciclos... porque ayer ayer fui al último teatro navideño de la escuela infantil de mis hijos. Ese sitio al que llevo acudiendo ya 4 años largos, mañana y tarde, 11 meses al año. Ese sitio al que por un lado tengo ganas de decir bye bye sólo por el hecho de simplificar la logística familiar y por otro me va a dar una pena horrible tener que decir adiós cuando el curso acabe. En mi familia ya no habrá más navidades en escuelas infantiles, ya no habrá un grupo de chicas imaginando una historia bonita con moraleja feliz que ofrecer a sus niños. Ese grupo de chicas que cuidan de nuestros peques 8 horas al día, les enseñan a comer, a lavarse las manos, a ponerse los zapatos y el abrigo, que les cuentan historias y que en algunos casos, les quieren casi tanto como nosotros mismos, los papás. Ayer se me empezó a caer la lagrimilla al tiempo que comenzaba la historia del teatro de Navidad. Reconozco que soy de emoción fácil en este tipo de eventos, supongo que (habla mi yo mística) se une una especie de energía amorosa y eso me puede.

La época navideña, en la que aflora el sentimentalismo, se me juntó con la nostalgia que produce ver cómo tus hijos van creciendo y que esos piececillos y esas manos que un día eran así de pequeños, ya no son de bebé. Y se me hace un batiburrillo de sentimientos: el deseo porque aprendan a ser autónomos se junta con el medio de sentir que de repente no me necesiten, la incansable búsqueda de su espontaneidad genuina se une al miedo de que un día prefieran no decirme lo que sienten, su insistencia por querer jugar conmigo se une al miedo por todo lo contrario... no quiero ni imaginarme cómo estaré cuando tengan 18 años. 



El caso es que una vez más tiraré de sensatez y me dispondré a disfrutar del día a día de este último curso de escuela infantil, a pesar del cansancio o de las incomodidades de esta vida tan cómoda (soy tan afortunada que me doy el lujo de quejarme por tener que recoger a los niños en coche...). Paula es inmensamente feliz en su escuela, me alucina que siendo tan pequeña haya trabado lazos de amor tan estrechos con adultos y compañeros. Y con eso me tengo que quedar para no desear otra cosa que no sea que todo siga estando como está.

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