sábado, 17 de enero de 2015

Diario de viaje: fin de semana segoviano



Las pasadas vacaciones de Navidad tuvieron un detalle en forma de fin de semana de relax para mi marido y para mi. Buena falta nos hacía, porque después de un año intenso, llegar a finales de año cerrando asuntos laborales, afrontando comilonas sin parar, entrenando para la última (y primera) carrera del año y organizando las compras de regalos, las pilas estaban casi agotadas. Para poder permitirnos este pequeño lujo, pudimos contar con la ayuda de los abuelos, que además esta vez prefirieron acogerse a la modalidad “tele-abuelos” y venir directamente a pasar el fin de semana a nuestra casa y cuidar así de los niños en su “hábitat”. Todo eran ventajas.


La elección la tuvimos clara casi desde el principio, iríamos a Segovia. Está cerca, conocemos la ciudad y por ello no existía la obligación de hacer turismo ya que el objetivo principal era descansar, desconectar, leer, dormir… vamos, todas aquellas cosas con las que soñamos el resto del año cuando la rutina no nos deja parar un minuto. Además, el año anterior hicimos algo parecido y pasamos una noche en Valsaín, al ladito de la Granja, por lo que de esta manera, hasta casi-casi podíamos empezar a crear una tradición de fin de año.


Lo cierto es que Segovia es una ciudad preciosa, con su acueducto impresionante, que te hace pensar en la pequeñez de una misma, frente a la enormidad de una construcción que lleva ahí siglos. La majestuosa catedral y la plaza animadísima en sábado, que además estaba alegre por un sol que permitía sentir un poco menos el frío segoviano. El preciosísimo Alcázar, que descubrí a los 14 años y me dejó impresionada. Aunque hicimos poco turismo, además del turismo de tapeo, sí que descubrimos alguna calle nueva por la que nunca antes habíamos pasado, lo que confirma la sensación de que Segovia es una de esas ciudades de las que es difícil cansarse, por mucho que se vaya.


Lo que tuve claro desde el principio es que no me podía ir de Segovia sin visitar la tienda Olivia Soaps, cuyo blog conocí hace un par de años y cuyos productos me enamoraban sin conocerlos. Me imaginaba como una princesa, entrando y comprando uno de cada. Y aunque ganas no me faltaban, lo cierto es que una plebeya no puede permitirse esos lujos. Así que aproveché para agasajar a lo grande a mi “amiga invisible” de estas navidades y piqué un jaboncito para mis niños. Que si sólo fuese por el nombre que tiene, ya me gustaría, pero es que además les deja una sensación de piel chulísima después del baño. 



Y yo, me vine con mis neceser vacío de cosas nuevas. Así somos las madres, al final siempre pensamos que nada nos hace falta. 
 

Para pasar noche, fuimos a lo grande y elegimos los dos paradores que tiene Segovia: el mismo de Segovia y el de la Granja. Por mi cumple recibí, de una manera muy divertida y especial, una caja-experiencia de Paradores, así que fue fácil unir ese regalo a esta escapada. El parador de Segovia estaba precioso con la decoración navideña, y además lleno de vida, de familias enteras festejando los días de vacaciones. A la hora del café era casi imposible hacerse con una mesa para relajarse mirando la ciudad desde lejos. 





El parador de la Granja es un edificio singular y muy acogedor. Acogedor sobre todo teniendo en cuenta el fresquete bajo cero que hacía fuera. Me dejo pendiente dar un paseo por La Granja y por sus calles, porque estaba tan feliz dentro, con una buena sesión de spa por la mañana y una tarde pletórica de lectura, que realmente me hacía falta poco más para sentir que estaba disfrutando al máximo.


Tan sólo me quedó una pequeña tristeza. Y es que donde yo vivo siempre hay muchas cigüeñas volando por el cielo. Cualquier día del año, a cualquier hora, solas o en pandilla. Y quizá esa visión me gusta tanto que sentí que hay una cosa que le falta a Segovia para ser definitivamente perfecta. Y es que a esta ciudad llena de historia(s) le faltan cigüeñas que adornen su cielo.

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