lunes, 8 de diciembre de 2014

El punto de no dolor

No se si este término existe o si existe el concepto y se llama de otra manera. Para mi se llama así, el punto de no dolor. Se puede aplicar a (casi) todos los aspectos de la vida. Pero hoy lleva todo el día rondándome en la cabeza sobre una de las cosas a las que yo lo aplico.

El punto de no dolor es ese al que llegas después de sufrir por algo y es maravilloso llegar a él. No lo veo como un punto doloroso físico, sino como un punto límite de nuestra mente. Es un punto de superación, de saber que puedes seguir adelante después de darte cuenta de que lo que te trae a mal traer no es para tanto. Si una persona te decepciona, llegarás al punto de no dolor en el que seguirás incluyendo a esa persona en tu vida, pero ya no sufrirás por las siguientes decepciones. Si tu novio te deja, llorarás amargamente, pero llegarás al punto de no dolor y te parecerá absurdo haber estado llorando por ese tipo que nada pintaba en tu vida. Si te va mal en general, llegarás al punto de no dolor en el que te pondrás las pilas para salir de ese agujero y luego te darás cuenta de que no hizo falta estar tanto tiempo cavando. 

Desafortunadamente y como decía al principio, el punto de no dolor no sirve para todo, y en ese casi, por pequeño que pueda parecer, entra la enormidad de lo que es la vida al fin y al cabo. Pero no es este post para ponernos tristes. Así que vamos al punto de no dolor que lleva hoy conmigo todo el día y que a fin de cuentas no es nada metafísico.

Este año me ha dado por correr. Corro poco. A mi me parece poco. Poquíiiiissssimo. Pero a lo largo de 12 meses de inconstancia estoy consiguiendo correr ese poquito. Stop desde este momento a todos los locos runners que miden su vida en función de km, minutos y segundos, medias y rutas. Nunca llegaré a vuestro nivel. Me aplico el cuento de que no quiero ser mejor que nadie, sino tan sólo mejor que yo misma ayer. Por eso, cada medio metro arañado en mis salidas me sube la moral y cada día que salgo y corro menos que nunca no me permito el castigo, sino que sigo pensando que fui mejor que ayer, ya que ayer no salí a correr.

No corro por moda. Si fuera por eso, la moda de correr ya la practicaba yo a los 16 años con mi amiga Mónica, los sábados y domingos a las 9 de la mañana dando vueltas al parque del barrio. Corro por ser práctica. Porque trabajo, tengo 2 hijos y poco tiempo. Y si corro, en 30 minutos me he ventilado la tarea y puedo seguir con mis cosas. Salgo el día que quiero, a la hora que quiero, por donde quiero y escuchando la música que quiero. Y cuando no quiero no salgo y no me escuece la mensualidad del gimnasio.

¿Y qué tiene que ver el punto de no dolor? Pues porque cuando corro, igual que me pasa cuando nado, llego siempre al punto de no dolor. Ese en el que dejo de sufrir, en el que deja de faltarme la respiración, en el que no siento ya el frío ni la pereza, en el que la mente empieza a pensar en otras cosas ajenas a la carrera, y por tanto podría estar un buen rato más corriendo si no fuera porque en algún momento vuelvo a ser consciente de que estoy corriendo. El poder de la mente es fundamental para salir a correr y alcanzar ciertas distancias.

Esta última semana he sido más consciente de ese punto que en todo el año. Quizá sea porque (loca de mi) tengo mi dorsal para la San Silvestre Vallecana. Y porque los 97 km que llevo corridos a lo largo de este año (ya os decía que corro muy poco) aún no me tienen preparada para afrontar los 10 km el día 31. Y estoy como en época de exámenes, pensando que si me atoro de correr ahora voy a acabar el examen final con dignidad. Así que salgo a correr como el que va a la biblioteca, con muchas expectativas. Pero en el km 1,5 estoy que exploto, no respiro, no se cómo meter aire a mis pulmones. Pero... 200 metros más allá me recompongo, me centro en escuchar las canciones y en pensar qué me apetece hacer el resto del día o de la semana. Empiezo a entrar en el punto de no dolor. También ayuda, no nos engañemos, que en el km 2 empieza la cuesta abajo. Consigo estar 2 km más en punto de no dolor, que casi ni me entero de lo que estoy haciendo porque mi mente está por otros sitios. Ya respiro sin dificultad, no me acuerdo de lo mal que lo pasé al principio de la carrera y por el contrario, me siento genial. Pero algo me pasa en el km 4, que vuelvo a darme cuenta de que estoy corriendo, que estoy empleando ya más tiempo en esto que en otras cosas que me gustan mucho más, que quizá debería ir volviendo ya a casa para aprovechar mejor el tiempo, que quien me mandará a mi apuntarme a la San Silvestre, si desde el momento en que me estaba inscribiendo ya me estaba arrepintiendo. Así que el km 5 y último se me hace pesado, aburrido y obligatorio, con todo lo que esa palabra conlleva. Sin embargo no podría vivir ahora mismo sin ese km 5. Me faltaría algo.


Aunque lo cierto es que me faltan 5 km más. No paro de preguntarle a mi marido si acabaré la San Silvestre. Siempre me dice que sí. Y no paro de preguntarle si la acabaré en menos de 60 minutos. Y siempre me dice que no. Que es imposible correr, que hay tanta gente que te puedes pasar los dos primeros kilómetros casi andando. Y a mi me entra la ansiendad, porque quiero empezarla y acabarla. De hecho, quisiera tenerla ya hecha. Porque hago mío el lema #werunmad, que me da a mi que lo de mad no lo ponen por Madrid precisamente...

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