lunes, 22 de diciembre de 2014

Dando contenido a la vida



¿Somos por dentro o somos por fuera? Lo de fuera se pierde, aunque seamos también por fuera. Se puede perder la casa, el coche, los amigos y la familia, las ropas, las cortinas y las tazas de café. Sólo nos tenemos verdaderamente por dentro. Cada vez me hago más frecuentemente la pregunta, ¿somos por fuera o por dentro? Nos quedan los momentos…


Tratando de dar contenido a mi vida, pienso. Pienso qué me gustaría hacer si mi vida fuese bohemia. Lo primero que se me viene a la cabeza es cualquier personaje de Baroja, ser un Vicente Paradox, con una buhardilla en el barrio de las Letras, llena de cachivaches, una vida estrafalaria con amigos y porteros de edificio que den sin sentido a los días. 


Dado que eso es el punto totalmente opuesto a mi vida, y lógicamente también a mis expectativas de vida, pienso qué haría yo con todo el tiempo libre posible para una mujer con familia, responsabilidades y obligaciones. Y esto es lo que se me ocurre:


    Ver muchas películas. De las buenas, de las que nadie debería perderse en la vida. Clásicas, actuales, pelis que se acaben y se queden contigo,  que te pongan un nudo en el estómago, que te hagan hablar de ellas con tu marido, con tu mejor amiga, recomendársela a todo el mundo sin parar. Y guardarlas con las pelis favoritas para verlas los días de gripe y cama.

Leer muchos libros. De los buenos, de los que enganchan y te lees en 2 días, de los que estás deseando tener 2 minutos libres para zambullirte en ellos. De los que te dejan un poso y quieres leer más de ese autor, conocer todo de ese autor, casarte con ese autor. De los que te cambian la vida, de los que hay frases que se te graban a fuego y se te vienen a la cabeza con motivo o sin él. Encontrar páginas que explotan, páginas que hieren y estigmatizan…De los que te hacen crecer por dentro. 

Tener muchas conversaciones. De las de tú a tú, en un McDonalds, ante una pizza, en un banco del parque, en el sofá de casa con una taza de café o una coca cola con rajita de limón y unas patatas fritas de bolsa. Conversaciones eternas, de horas, de discutir emociones, de compartir libros y pelis de las buenas, de miedos, esencias y proyectos de futuro. De qué es el amor. Conversar como si siempre tuviésemos 16 años.


Viajar mucho. Sola y en compañía. Volver a sitios, descubrir otros. Viajar sin rumbo, sin mapa, sin horarios. Viajar con plan, con mapa y horarios. Recrear viajes en la cabeza, tener flash backs de sitios a los que una vez fuiste. Ir un día en el coche y dejarse llevar, hasta acabar no se sabe dónde y llamar a tu amor para que vaya a buscarte... y que te encuentre, claro.



No vivir sin música. Seguir descubriendo canciones que te mueven a lo más alto, que te hacen llorar un día en el coche de camino a cualquier lugar. De las de cantar sin oírte en un concierto, con cientos de personas alrededor y sentir que no existe felicidad más plena que ese segundo de tu vida. De las de quedarte sobrecogida. De esas que se eligen para grandes momentos de tu vida. De las que conoces un día en el que no sabías que ibas a encontrarte con una de las grandes canciones de tu vida, y ese momento también se te queda grabado.



    Volver a jugar con los niños como si fuese una más, sin reloj, sin urgencias, sin pensar en que hay otras cosas por hacer, porque...


Y bueno, a lo mejor no se me llena tanto la vida, porque a mi vida le puedo pedir poquito más de lo que ya me da. Pero todas esas cosas son las que me apetecería hacer casi a cada rato, las cosas que siempre me ha gustado hacer y a las que al final, menos tiempo dedico.

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