domingo, 3 de junio de 2012

Yo me río (y aprendo) con Baroja

Aviso: hoy vengo intensa, hablando de una de mis "obsesiones" desde hace muchos años.

Puede parecer extraño, coger un libro de un autor que un día te explicaron en el cole y descubrirte de repente riendo. Eso fue lo que me debió pasar hace unos (muchos) años años cuando leí por primera vez Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox. En ese momento decidí que leería todas las trilogías de Baroja. Y en esas ando, sin prisa, pero sin pausa, intercalando lecturas.

Confieso que ya he leido 4 de ellas y ahora tocaba pasar de nuevo por La vida fantástica, compuesta por Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, Camino de perfección y Paradox Rey. Llamadme friki, pero sigo riendo con este libro escrito hace 111 años. Y con muchos libros de Baroja descubro y aprendo cómo era el Madrid de hace un siglo, la vida a pie de calle y esa forma de aprender a sobrevivir sin que nadie te enseñe. Lavapies, la ribera del río Manzanares, la montaña de Príncipe Pío, los pueblos que salpicaban la carretera de Extremadura y que hoy seguramente no son ya pueblos, sino parte de Madrid.

No se si sabré explicarlo bien, pero de Baroja saco la sensación de que en ese tiempo se trataba a la vida de tú a tú, sin imposturas, sin corsés y sin la omnipresencia de lo políticamente correcto. Y se reafirma en mí el convencimiento de pensar que no somos más listos que nuestros antepasados, sino más bien, y muchas veces, mucho más tontos que ellos. A día de hoy seguimos dando vueltas a temas que ya quedaron superados hace muuuucho tiempo.

Se que hoy vengo con un post gafotas, pero no puedo evitar copiaros estas páginas del libro, aunque no son de las que me hacen reir:

"Silvestre experimentaba por todo lo humilde una gran simpatía; amaba a los niños, a las almas candorosas; detestaba lo petulante y lo estirado; tenía un gran cariño por los animales. Esas conversaciones de personas serias acerca de la política y de los partidos le exasperaban.

Le repugnaba la prensa, la democracia y el socialismo. Creía que si un senador necesariamente no suele ser siempre un imbécil, en general, a la mayoría les falta muy poco para serlo, y entre hablar con un salvaje de la Tasmania o con un diputado, un académico o un periodista, hubiera preferido siempre lo primero, encontrándolo mucho más instructivo y agradable.

Paradox era casi cristiano. Por lo demás, el mismo trabajo le costaba creer que los hombres se transformaron de monos atropopitecos en hombres en la Lemuria, como opina Haeckel, que suponer que los habían fabricado con barro del Nilo.

La metafísica le parecía un lujo, la ciencia una necesidad; la religión, una hermosa leyenda; no era precisamente ateo, sino tampoco deista.

Un dios en su sano juicio, preocupado en construir la tierra con sus montecitos, y sus arbolitos, y sus bichitos, y su sol para iluminarla y su luna para ser cantada por los poetas, le parecía un poco cándido; pero una humanidad tan imbécil, que teniendo una creencia admirable como la de un Dios que se hace niño, la destruye y la aniquila, para substituirla por estúpidas leyendas halagadoras de la canalla, le parecía idiota, mezquina y repugnante.

Silvestre reconocía el progreso y la civilización y se entusiasmaba con sus perfeccionamientos materiales, pero no le pasaba lo mismo respecto a la evolución moral; veía en el porvenir el dominio de los fuertes, y la fuerza le parecía, como cualquier jerarquía social, una injusticia de la naturaleza.

-¿Qué van a hacer el débil, el impotente -pensaba él- en una sociedad complicada como la que se presenta; en una sociedad basada en la lucha por la vida, no una lucha brutal de sangre, pero no por ser intelectual menos terrible?

¡Tener el palenque abierto, y acudir a él y ser vencido en condiciones iguales por los contrarios, volver otra vez, y otra vez quedar derrotado! ¡Estar en continuo sobresalto; conquistar un empleo a fuerza de inteligencia y de trabajo, y tener que abandonarlo porque otro más jóven, más fuerte, más inteligente, tiene más aptitudes para desempeñarlo!

Nunca como en ese tiempo de progreso habrá mayores odios ni más grandes melancolías. El consuelo de achacar la culpa a algo, a algo fuera de nosotros, desaparecerá, y el suicidio tendrá que ser la solución única de la humanidad caída.

Y a él le molestaba esto: las grandes capacidades orgullosas, y más aún, la vanidad de la masa imbécil hoy dominadora, que tantas cosas destruye por el desdén, por el abandono, por el desprecio. En cambio se entusiasmaba con todas las grandes virtudes de la gente pobre, de la gente humilde; pero no era demócrata; lo hubiera sido sólo de una manera: siendo muy rico y siendo muy noble."

Me hizo sonrerir, sobre todo porque la imagen de Baroja dista mucho de la de un tío simpático, lo que cuenta en sus memorias: "En Marañón terminé yo el libro La casa de Aizgorri. De este libro pensé primero hacer un drama, y no se quién me dio el consejo de que fuera a ver a Ceferino Palencia, que era entonces empresario del teatro de la Princesa y marido de la cómica María Tubau. Como nunca creí que fueran a representar nada mío, hice la prueba de pegar ligeramente en el manuscrito dos o tres páginas del comienzo y otras dos o tres del final. A los cuatro o cinco meses vi que el empresario no hacía nada, le pedí el manuscrito, me lo devolvieron y, al llegar a casa, noté que las dos o tres páginas pegadas al principio y al final seguían pegadas; no las habían abierto".

Ufff, después de esto, no se si alguien seguirá leyéndome...



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